Capítulo 87. Neuritis óptica en la edad pediátrica
Sinopsis
Sección titulada «Sinopsis»La neuritis óptica del niño no es la del adulto en miniatura: cambia su presentación —más bilateral, con más edema de papila y con pérdida visual más grave—, cambia su etiología —el anticuerpo anti-MOG domina donde en el adulto domina la esclerosis múltiple—, y cambia su pronóstico, que es notablemente mejor. Cambian también las decisiones: el riesgo de conversión a esclerosis múltiple es menor y depende críticamente de la resonancia y de la edad, de modo que la conversación con la familia tiene un contenido distinto. Este capítulo recorre esas diferencias, sitúa la encefalomielitis aguda diseminada y las formas posinfecciosas, propone el estudio recomendado, expone el tratamiento y el pronóstico visual, y desarrolla la información a la familia y el seguimiento, que en pediatría pesan más que en ninguna otra parte de la obra. El desarrollo completo de la neurooftalmología infantil corresponde a la monografía de Oftalmología pediátrica.
Objetivos de aprendizaje
Sección titulada «Objetivos de aprendizaje»Al finalizar este capítulo, el lector será capaz de:
- Enumerar las diferencias clínicas de la neuritis óptica del niño respecto al adulto.
- Reconocer el peso del anticuerpo anti-MOG en esta población.
- Situar la encefalomielitis aguda diseminada y las neuritis posinfecciosas.
- Indicar el estudio recomendado y estimar el riesgo de enfermedad desmielinizante.
- Aplicar el tratamiento y anticipar el pronóstico visual.
- Informar a la familia y planificar el seguimiento.
Introducción
Sección titulada «Introducción»Tres datos ordenan este capítulo y conviene tenerlos desde el principio.
El primero es etiológico. En el niño, la neuritis óptica se reparte de forma muy distinta que en el adulto: el anticuerpo anti-MOG es la causa identificable más frecuente, especialmente en la forma bilateral y en los menores de doce años; la esclerosis múltiple gana peso con la adolescencia; y una proporción apreciable de casos es posinfecciosa y monofásica.[1,2,3]
El segundo es pronóstico. El niño recupera mejor que el adulto. Los estudios prospectivos específicos muestran resultados visuales buenos en la mayoría de los pacientes, incluso partiendo de agudezas muy bajas.[4,5]
El tercero es de riesgo. El riesgo de conversión a esclerosis múltiple es menor que en el adulto y depende sobre todo de dos variables: la resonancia craneal inicial y la edad. Un niño pequeño con resonancia normal tiene un riesgo bajo; un adolescente con lesiones desmielinizantes, un riesgo comparable al del adulto.[6,7]
De esos tres datos se deriva un manejo distinto, y de la edad del paciente se deriva una diferencia que ningún capítulo anterior ha tenido que abordar: la conversación no es con el paciente sino con su familia, y su calidad determina la adherencia a un seguimiento que puede durar años.
87.1 Diferencias clínicas respecto al adulto
Sección titulada «87.1 Diferencias clínicas respecto al adulto»Las cinco diferencias que más importan:
- Bilateralidad. Es mucho más frecuente que en el adulto, sobre todo por debajo de los diez años, y su presencia orienta con fuerza hacia el anticuerpo anti-MOG.[1]
- Edema de papila. La forma papilítica predomina sobre la retrobulbar, al contrario que en el adulto, lo que hace que el cuadro se confunda con papiledema.[8,9]
- Pérdida visual más grave en la presentación, con frecuencia por debajo de 0,1.
- Antecedente infeccioso en las semanas previas en una proporción importante de casos.
- Recuperación mejor, que es la diferencia que más tranquiliza a la familia y que hay que transmitir pronto.[4]
El dolor está presente pero se refiere peor: el niño pequeño no lo localiza ni lo relaciona con los movimientos oculares, y con frecuencia lo expresa como cefalea o como malestar general.
La exploración tiene sus propias dificultades: la agudeza en el preescolar exige métodos adaptados, el campo visual no es fiable por debajo de cierta edad y la colaboración para la tomografía es variable. Las revisiones dedicadas al uso de la tomografía de coherencia óptica en neurooftalmología pediátrica desarrollan cómo obtener información útil en esas condiciones.[10,11]
Y una advertencia de encuadre: en el niño con edema de papila bilateral, lo primero es distinguir papilitis de papiledema, y el dato que los separa no es el fondo sino la agudeza visual y el defecto pupilar. Un papiledema agudo no reduce la agudeza; una neuritis bilateral, sí.[12,13]
87.2 Peso relativo de MOGAD en el niño
Sección titulada «87.2 Peso relativo de MOGAD en el niño»La distribución etiológica, con la advertencia de que varía según la serie y la edad:
- Enfermedad por anticuerpos anti-MOG: la causa identificable más frecuente en el niño, especialmente en la forma bilateral con edema. Los estudios que la han buscado sistemáticamente en neuritis bilateral pediátrica encuentran una asociación muy alta.[1,14,15]
- Esclerosis múltiple: minoritaria en el niño pequeño, creciente en el adolescente, con un perfil que se aproxima progresivamente al del adulto.[7,16]
- Enfermedad por anti-AQP4: infrecuente pero existente, con un fenotipo pediátrico caracterizado.[17,18]
- Posinfecciosa o parainfecciosa monofásica, sin anticuerpo identificable.
- Otras: infecciosas específicas, sarcoidosis, causas del capítulo 82.
La consecuencia práctica es directa: en el niño, los anticuerpos anti-MOG y anti-AQP4 se piden en todos los casos, a diferencia del adulto con cuadro típico. La razón es que la probabilidad preprueba es alta —lo que evita el problema del título bajo del capítulo 81— y que el resultado cambia el tratamiento y el seguimiento.[2,19]
El fenotipo pediátrico de la enfermedad por anti-MOG, según se desarrolló en el capítulo 81: neuritis bilateral con edema intenso, curso con más frecuencia monofásico que en el adulto, recuperación buena y corticodependencia que obliga a descensos lentos. Las series pediátricas específicas confirman ese perfil y sus resultados visuales.[20,21,22]
87.3 Encefalomielitis aguda diseminada y neuritis postinfecciosa
Sección titulada «87.3 Encefalomielitis aguda diseminada y neuritis postinfecciosa»Encefalomielitis aguda diseminada. Es una enfermedad inflamatoria desmielinizante monofásica que afecta preferentemente a niños, con frecuencia tras un cuadro infeccioso, y que se define por la combinación de encefalopatía —alteración del nivel de conciencia o del comportamiento no explicable por fiebre— y lesiones desmielinizantes multifocales.[23,24,25]
Su relación con este capítulo es doble:
- La neuritis óptica puede formar parte del cuadro, con frecuencia bilateral.
- El anticuerpo anti-MOG es positivo en una proporción alta de los casos pediátricos, sobre todo en los menores, lo que sitúa a una parte de esta enfermedad dentro del espectro del capítulo 81.[2,26,27]
Su pronóstico es en general favorable, con recuperación en la mayoría de los casos, aunque una proporción recae —lo que obliga a revisar el diagnóstico— y otra queda con secuelas cognitivas o motoras. Las series con seguimiento describen sus tasas de recaída y sus determinantes.[28]
La neuritis óptica posinfecciosa aislada, sin encefalopatía ni lesiones cerebrales, es la otra forma frecuente en el niño: sigue a un cuadro vírico o a una vacunación, es con frecuencia bilateral, tiene buen pronóstico y no recurre. Su diagnóstico es de exclusión y su reconocimiento evita tratamientos innecesarios a largo plazo.
La cuestión de la vacunación merece una frase clara, porque las familias la plantean: se han descrito casos temporalmente asociados a vacunas, la relación causal es difícil de establecer en enfermedades tan infrecuentes, y las recomendaciones vigentes no desaconsejan la vacunación por este motivo. Conviene decirlo sin ambigüedad y remitir al pediatra para la pauta concreta.
Cómo se explora a un niño con sospecha de neuritis óptica
Sección titulada «Cómo se explora a un niño con sospecha de neuritis óptica»La exploración cambia con la edad y conviene tenerla ordenada, porque de su calidad depende todo lo demás:
En el preescolar —hasta los 3-4 años—: fijación y seguimiento, preferencia de fijación con oclusión alterna, reacción de defensa a la oclusión de un ojo, defecto pupilar aferente —que es la prueba objetiva más valiosa a esta edad—, y test de agudeza con optotipos de figuras si colabora.
En el escolar —de 4 a 8 años—: optotipos adaptados, visión cromática con láminas pediátricas, defecto pupilar, y campo por confrontación. La campimetría automatizada empieza a ser factible hacia los 7-8 años, con fiabilidad variable.
En el adolescente: exploración de adulto.
En todos: fondo de ojo con dilatación y tomografía de coherencia óptica, que en manos pacientes se obtiene desde edades sorprendentemente tempranas y que aporta el dato estructural que la exploración funcional no puede dar.[10,11]
Los dos errores de exploración más frecuentes en esta edad: dar por buena una agudeza mal medida —con el niño mirando por debajo de la oclusión, o memorizando el optotipo— y no explorar el defecto pupilar por prisa. El segundo es más grave: en un niño que no colabora, la pupila es con frecuencia el único dato objetivo de la primera visita.
87.4 Estudio recomendado y riesgo de enfermedad desmielinizante
Sección titulada «87.4 Estudio recomendado y riesgo de enfermedad desmielinizante»El estudio en todos los casos:
- Resonancia craneal y de órbitas con contraste, que es obligatoria y cuya principal función es estratificar el riesgo. En el niño pequeño puede requerir sedación, lo que exige coordinación pero no justifica omitirla.
- Anticuerpos anti-MOG y anti-AQP4 en suero, por ensayo basado en células vivas y antes del tratamiento.[2,18]
- Analítica básica y serologías dirigidas según la epidemiología y el contexto.[29]
- Resonancia medular si hay síntomas medulares o si el anticuerpo anti-AQP4 es positivo o sospechado.
- Punción lumbar con bandas oligoclonales cuando la resonancia muestre lesiones desmielinizantes o el cuadro sea atípico.
El riesgo de conversión a esclerosis múltiple, que es la pregunta de la familia:
- Con resonancia craneal normal, el riesgo es bajo.
- Con lesiones desmielinizantes, el riesgo aumenta de forma marcada, con cifras que en las series pediátricas se aproximan a las del adulto.[6,7]
- La edad modula el riesgo: cuanto mayor es el niño, más se parece su comportamiento al del adulto; en los menores de diez años, el peso de las formas monofásicas y de la enfermedad por anti-MOG es mucho mayor.[3,16]
- La bilateralidad y el edema de papila, en cambio, orientan en contra de la esclerosis múltiple y a favor del anticuerpo anti-MOG.
Qué se le dice a la familia sobre el riesgo: que existe, que la resonancia lo estima con bastante fiabilidad, que en la mayoría de los casos con resonancia normal no habrá más episodios, y que el seguimiento existe precisamente para detectar pronto cualquier cambio.
La transición a la consulta de adultos
Sección titulada «La transición a la consulta de adultos»Es un aspecto propio de la pediatría que la literatura oftalmológica trata poco y que en esta enfermedad importa, porque el seguimiento puede prolongarse décadas.
Qué se pierde en la transición, cuando se hace mal: la historia del episodio inicial —edad, lateralidad, agudeza de partida—, las imágenes basales, la evolución del complejo de células ganglionares, el resultado de los anticuerpos y la pauta de tratamiento que se siguió. Sin esos datos, el clínico de adultos que recibe al paciente parte de cero, y una recaída futura no podrá compararse con nada.
Qué debe contener el informe de transición: la cronología completa de los episodios, los anticuerpos con su fecha y su método, las imágenes archivadas y referenciadas, la curva de agudeza y de tomografía, el tratamiento recibido y su duración, y el diagnóstico vigente con su grado de certeza.
Y qué debe saber el propio paciente al llegar a esa transición: el nombre de su enfermedad, si tiene o no anticuerpos, qué tratamiento lleva y por qué, y qué síntomas obligan a consultar. Un adolescente que puede responder a esas cuatro preguntas está preparado para gestionar su enfermedad; uno que no, dependerá de sus padres indefinidamente. Prepararlo forma parte del seguimiento.[3,16]
87.5 Tratamiento y pronóstico visual
Sección titulada «87.5 Tratamiento y pronóstico visual»El tratamiento del episodio agudo:
- Metilprednisolona intravenosa a dosis ajustada por peso durante 3-5 días. Se emplea de forma generalizada en esta población —más que en el adulto— por la gravedad habitual de la presentación y por el mejor perfil de respuesta.[30,31]
- Descenso oral lento, especialmente si el anticuerpo anti-MOG es positivo, por la corticodependencia del capítulo 81.
- Recambio plasmático o inmunoadsorción en los casos graves sin respuesta, con series pediátricas específicas que documentan su utilidad.[32]
- Inmunoglobulina intravenosa, alternativa muy empleada en esta edad y con mejor perfil de tolerancia.[22,33]
El tratamiento de mantenimiento se plantea ante recurrencias, con los criterios del capítulo 81 y con preferencia por la inmunoglobulina en las formas asociadas a anti-MOG.
El pronóstico visual. Es la buena noticia de este capítulo. Los estudios prospectivos con seguimiento a dos años muestran recuperación de agudezas útiles en la gran mayoría de los pacientes, incluso desde presentaciones muy graves.[4,5,34] Los déficits residuales —contraste, color, campo— existen y son análogos a los del adulto, y las medidas específicas de resultado visual en la población pediátrica se han caracterizado.[20,35]
Lo que sí deja secuela es la recurrencia no controlada, con el mismo mecanismo acumulativo de los capítulos anteriores.
Y una precisión sobre la ambliopía. En el niño pequeño, un episodio grave y prolongado puede añadir un componente ambliópico al daño orgánico, especialmente si es unilateral. Ese componente sí es tratable, y su detección y manejo forman parte del seguimiento oftalmológico.
87.6 Información a la familia y seguimiento
Sección titulada «87.6 Información a la familia y seguimiento»La conversación inicial, que en pediatría es la mitad del trabajo. Seis puntos:
- Qué ha pasado: el nervio óptico se ha inflamado; no es un tumor, no es una infección del ojo y no es culpa de nada que la familia haya hecho.
- Qué se espera: la visión mejorará en las próximas semanas y probablemente será buena; la recuperación en los niños es mejor que en los adultos.[4]
- Por qué se hacen las pruebas: no para diagnosticar la neuritis, que ya está diagnosticada, sino para saber si forma parte de algo más y para elegir el tratamiento.
- Qué es la resonancia y por qué puede requerir sedación, anticipándolo para que no sea una sorpresa.
- Qué significa el riesgo de esclerosis múltiple: se estimará con la resonancia, la mayoría de los niños con resonancia normal no tendrá más episodios, y existe seguimiento.
- Qué debe vigilarse en casa: pérdida visual nueva, dolor ocular, y síntomas neurológicos —debilidad, alteración de la marcha, alteración del comportamiento—, con instrucciones escritas.
El seguimiento, con periodicidad concreta:
- Semanal o quincenal durante el episodio agudo y el descenso del corticoide.
- Cada tres meses el primer año, con agudeza, campo visual —cuando sea factible— y tomografía.[11,36]
- Anual después, si no hay recurrencias.
- Coordinado con neuropediatría, con informes que ambos puedan usar.
Lo específico del seguimiento pediátrico, que no aparece en los capítulos de adultos:
- Vigilar la ambliopía y tratarla si aparece.
- Corregir la refracción, que cambia con el crecimiento.
- Valorar el impacto escolar y facilitar los informes que la escuela necesite.
- Repetir la información a medida que el niño crece, porque a los quince años querrá entender su propia enfermedad y no le sirve lo que se le explicó a sus padres a los ocho.
Y una nota sobre los estudios en marcha. Existen redes prospectivas multicéntricas dedicadas al diagnóstico y tratamiento de la neuritis óptica aguda que incluyen población pediátrica y que mejorarán en los próximos años la base de evidencia de este capítulo, hoy apoyada sobre todo en series retrospectivas.[37]
Aplicación clínica
Sección titulada «Aplicación clínica»Niño de 7 años con pérdida visual bilateral en tres días tras un catarro, con agudeza de 0,1 en ambos ojos y edema de papila marcado. El encuadre es inmediato: bilateral, con edema, en un niño pequeño y tras infección. Se solicitan anticuerpos —anti-MOG positivo a título alto— y resonancia, que muestra realce de ambos nervios sin lesiones cerebrales. Se trata con corticoide intravenoso y descenso en tres meses, con recuperación completa.[1,2,4]
Adolescente de 16 años con neuritis óptica unilateral retrobulbar dolorosa y resonancia con cuatro lesiones periventriculares. El perfil es ya el del adulto: el riesgo de esclerosis múltiple es alto y la derivación a neuropediatría para valorar tratamiento modificador es parte del manejo.[6,7,16]
Niña de 5 años con somnolencia, irritabilidad y pérdida visual bilateral, con lesiones desmielinizantes extensas en la resonancia. La encefalopatía es el dato que define el cuadro: encefalomielitis aguda diseminada, con anticuerpo anti-MOG positivo. Recupera por completo con corticoide.[23,26,27]
Niño de 9 años con neuritis óptica derecha grave y sin respuesta al corticoide a las 72 horas. Se indica recambio plasmático, con recuperación parcial posterior. La decisión siguió los mismos plazos que en el adulto y las series pediátricas la respaldan.[31,32]
Niña de 13 años con neuritis óptica izquierda con recuperación completa y resonancia normal, cuya familia pregunta si podrá conducir, hacer deporte y si debe cambiar de colegio. Ninguna de las tres preocupaciones tiene base clínica, y responderlas con claridad forma parte del tratamiento. Las revisiones dedicadas a la neuritis óptica pediátrica subrayan que el impacto de la incertidumbre sobre la familia es sustancial y con frecuencia desproporcionado al riesgo real.[3,9,38] Se le explica que no hay restricciones, que el seguimiento es por precaución y no por gravedad, y se le da por escrito qué síntomas obligarían a consultar. El mismo mensaje, dado a los padres y a la propia paciente con palabras distintas, es el que sostiene la adherencia al seguimiento durante los años siguientes.[39,40]
Controversias y lagunas de evidencia
Sección titulada «Controversias y lagunas de evidencia»La evidencia terapéutica en esta población es escasa. No hay ensayos aleatorizados de corticoide en la neuritis óptica pediátrica, y las pautas se extrapolan del adulto ajustando por peso; los estudios prospectivos disponibles son observacionales.[4,30]
El riesgo de conversión varía mucho entre series, en función de la edad de la cohorte, del periodo de reclutamiento y de si se determinaron anticuerpos, lo que dificulta dar una cifra a una familia concreta.[6,7,34]
El límite entre encefalomielitis aguda diseminada monofásica y enfermedad por anti-MOG recurrente solo se conoce a posteriori, y esa incertidumbre condiciona la decisión de tratar a largo plazo.[2,28]
Las medidas de resultado visual en el niño no están estandarizadas, y la comparación entre estudios es por eso limitada.[20,35]
La duración del tratamiento de mantenimiento en el niño con formas recurrentes carece de base, y se decide caso a caso.[22]
Puntos clave
Sección titulada «Puntos clave»- La neuritis óptica del niño es más bilateral, más papilítica y más grave en la presentación que la del adulto.[8]
- Su recuperación es mejor: es lo primero que hay que decirle a la familia.[4]
- El anticuerpo anti-MOG es la causa identificable más frecuente, sobre todo en la forma bilateral.[1]
- En el niño se piden anticuerpos siempre, a diferencia del adulto con cuadro típico.
- Ante edema bilateral, la agudeza y el defecto pupilar separan papilitis de papiledema.[12]
- La resonancia craneal estratifica el riesgo de esclerosis múltiple, que es menor que en el adulto y depende de la edad.[6,7]
- La bilateralidad y el edema orientan en contra de la esclerosis múltiple.
- La encefalomielitis aguda diseminada se define por la encefalopatía y con frecuencia es anti-MOG positiva.[23,26]
- El descenso del corticoide debe ser lento si el anticuerpo anti-MOG es positivo.
- La inmunoglobulina intravenosa es la opción preferente de mantenimiento en el niño.[22]
- Vigilar la ambliopía: es el único componente del déficit que se puede tratar.
- La información debe repetirse a medida que el niño crece.
Conclusiones
Sección titulada «Conclusiones»La neuritis óptica pediátrica se maneja bien si se aceptan tres inversiones respecto al capítulo 78. La primera es etiológica: aquí los anticuerpos se piden siempre, porque la probabilidad preprueba es alta y el resultado cambia el tratamiento. La segunda es de encuadre: la bilateralidad y el edema de papila, que en el adulto son signos de alarma, en el niño son casi lo esperable, y no deben interpretarse automáticamente como atipia grave. La tercera es de tono: el pronóstico es mejor, y esa información debe darse pronto, porque la familia llega asustada y la incertidumbre de las primeras horas es la parte más difícil del proceso para ella.
Del manejo conviene retener dos cosas concretas. Distinguir papilitis de papiledema con la agudeza y la pupila, antes de pedir nada, evita punciones lumbares innecesarias y retrasos en el tratamiento. Y descender el corticoide despacio cuando el anticuerpo anti-MOG es positivo evita la recaída previsible que en esta edad se atribuye con facilidad a una enfermedad más grave de lo que es.
Queda una obligación específica del seguimiento pediátrico que no aparece en ningún otro capítulo de la sección: repetir la información. Un niño diagnosticado a los ocho años será un adolescente que necesita entender su enfermedad y un adulto joven que decidirá sobre su tratamiento, y esa transición —que dura años— la acompaña con frecuencia el mismo oftalmólogo.
El capítulo que cierra la sección aborda una causa de neuropatía óptica inflamatoria en aumento y de origen enteramente yatrógeno: la asociada a los fármacos inmunomoduladores, donde la decisión clínica no es solo cómo tratar sino si el fármaco que la ha producido puede continuarse.
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