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Capítulo 56. Calidad de la imagen: adquisición, artefactos y segmentación

Este capítulo cierra la sección con lo que decide si todo lo anterior sirve: la calidad de la imagen. Se tratan los criterios de calidad y de rechazo de exploraciones, los errores de segmentación y cómo detectarlos, la comparabilidad entre equipos y entre versiones de programa, el efecto suelo en la atrofia avanzada y las buenas prácticas del seguimiento longitudinal. El criterio del capítulo es que una medida de mala calidad es peor que ninguna medida, porque tiene la apariencia de un dato y produce decisiones equivocadas con la confianza que da una cifra.

Al finalizar este capítulo, el lector será capaz de:

  • Aplicar criterios explícitos de calidad y decidir cuándo rechazar una exploración.
  • Detectar los errores de segmentación y saber cuándo corregirlos.
  • Reconocer los límites de la comparabilidad entre equipos y entre versiones de programa.
  • Explicar el efecto suelo y sus consecuencias en la atrofia avanzada.
  • Organizar un seguimiento longitudinal que produzca series interpretables.

Los cinco capítulos anteriores han descrito lo que la imagen estructural mide. Este describe cuándo esa medida es creíble, y su lugar al final de la sección no debería confundir: es el capítulo que condiciona a todos los demás.

El problema tiene una particularidad que lo hace peligroso. Un campo visual poco fiable suele parecerlo —los índices lo advierten, el mapa tiene aspecto extraño—, mientras que una tomografía de mala calidad devuelve exactamente el mismo informe que una buena: un mapa de colores, unas cifras en micras y una comparación con la base normativa. Nada en el informe advierte de que la segmentación se desvió dos capas o de que el anillo estaba descentrado.

La comunidad neurooftalmológica ha respondido a eso con criterios explícitos, primero para la calidad de la imagen[1] y después para la comunicación de los estudios,[2,3] y este capítulo los traduce a la práctica asistencial, donde se aplican mucho menos que en investigación.

56.1 Criterios de calidad y rechazo de exploraciones

Sección titulada «56.1 Criterios de calidad y rechazo de exploraciones»

El consenso de referencia enumera los motivos por los que una exploración debe rechazarse, y su regla mnemotécnica agrupa siete: violación de la barrera de señal, error de centrado, error de segmentación, patología retiniana concomitante, iluminación insuficiente, error de identificación del paciente y calidad global baja.[1] Su validación demostró que aplicarlos mejora la calidad de los datos,[4] se han desarrollado extensiones automáticas[5] y su efecto sobre la fiabilidad de las medidas repetidas se ha cuantificado.[6]

Traducidos a la consulta, cinco comprobaciones bastan:

  1. Intensidad de señal por encima del umbral que el fabricante recomienda. Por debajo, las medidas se subestiman de forma sistemática.
  2. Centrado del anillo peripapilar sobre el disco. Un descentrado de pocos píxeles altera los valores sectoriales.
  3. Ausencia de bandas de movimiento, visibles en la imagen de reflectancia como saltos o duplicaciones vasculares.
  4. Segmentación correcta, comprobada en el corte y no en el mapa.
  5. Ausencia de patología retiniana que interfiera: membrana epirretiniana, edema macular, atrofia, que alteran el complejo ganglionar sin que haya nada del nervio.

La decisión de rechazar. Es la parte que cuesta, porque implica repetir y a veces citar de nuevo. La regla que conviene sostener: una exploración que no cumple los criterios no se informa con una advertencia; se repite. Informarla «con reservas» garantiza que alguien la usará después como si fuera válida.

Son el problema técnico central de la tomografía y el más frecuente.

Qué son. El aparato identifica automáticamente los límites de cada capa retiniana; cuando se equivoca, las medidas derivadas de esos límites son falsas, con la misma apariencia de normalidad.

Su prevalencia está medida y es alta. En el análisis del complejo ganglionar macular de ojos sanos se ha cuantificado la frecuencia y la distribución de los errores,[7] en la angiografía por tomografía varía según la enfermedad estudiada[8] y en poblaciones clínicas la prevalencia y la gravedad de los artefactos son considerables.[9,10] En la miopía elevada, la prevalencia de artefactos es especialmente alta y afecta al diagnóstico.[11]

Dónde fallan más:

  • Disco edematoso, donde los límites se difuminan. Es exactamente la situación del capítulo 52.
  • Miopía magna y atrofia peripapilar, por la geometría anómala.[11,12]
  • Patología macular concomitante.
  • Baja señal por catarata o mala fijación.
  • Artefacto de imagen especular, en el que la señal se pliega y produce una imagen invertida superpuesta, descrito y caracterizado clínicamente.[13]

Cómo se detectan. Mirando el corte con las líneas de segmentación superpuestas, que todos los equipos permiten mostrar. Es la comprobación que el capítulo 51 sitúa en segundo lugar de su secuencia de lectura, y la que menos se hace.

Cuándo se corrigen manualmente. Cuando el error es evidente, localizado y el estudio no puede repetirse. La corrección manual es laboriosa y no siempre reproducible; los métodos automáticos de segmentación han mejorado mucho[14,15] y el análisis de imagen dispone de herramientas específicas,[16] pero la comprobación humana sigue siendo necesaria.

56.3 Comparabilidad entre equipos y entre versiones

Sección titulada «56.3 Comparabilidad entre equipos y entre versiones»

El hecho. Las medidas no son intercambiables entre plataformas. Los equipos difieren en el diámetro del anillo de medida, en el algoritmo de segmentación, en la definición de las capas y en la base normativa.

La evidencia. La comparación directa entre instrumentos de dominio espectral muestra diferencias sistemáticas,[17] y se han desarrollado ecuaciones de conversión a partir de cohortes internacionales de controles sanos precisamente porque la conversión no es trivial.[18] La armonización de estándares en imagen retiniana es un esfuerzo en curso y necesario.[19]

El problema añadido de las versiones de programa. Una actualización puede cambiar el algoritmo de segmentación y desplazar todas las medidas de un paciente sin que nada lo advierta. Es la causa de «progresiones» y «mejorías» que aparecen de golpe en toda una consulta el mismo mes.

Las tres reglas prácticas:

  1. Anotar el equipo y la versión en la historia, junto con la medida.
  2. No comparar cifras entre plataformas, ni siquiera con ecuación de conversión, en decisiones clínicas individuales.
  3. Reiniciar la línea de base cuando se cambia de equipo o hay una actualización mayor, y dejarlo escrito. Es la misma regla del capítulo 34 y del 39, aplicada aquí.

Lo que sí viaja entre centros: los hallazgos morfológicos —presencia de drusas, patrón de adelgazamiento, borde vertical, configuración de la membrana de Bruch—, que no dependen de la calibración.[20,21] Es una asimetría útil: el diagnóstico se puede compartir; el seguimiento cuantitativo, no.

56.4 Reproducibilidad y variabilidad test-retest

Sección titulada «56.4 Reproducibilidad y variabilidad test-retest»

Antes de interpretar un cambio hay que saber cuánto varía la medida por sí sola.

Lo que se sabe. La variabilidad entre visitas se ha cuantificado en glaucoma,[22] la variabilidad test-retest de la capa de fibras y del complejo ganglionar se ha medido de forma específica,[23] y la repetibilidad de los parámetros del disco en ojos sanos está establecida.[24] El seguimiento ocular activo —que reposiciona el barrido sobre el mismo punto retiniano— mejora de forma demostrable la reproducibilidad,[25] y las plataformas más recientes siguen midiendo su repetibilidad.[26]

La consecuencia práctica, análoga a la del capítulo 39 para la perimetría: un cambio pequeño entre dos exploraciones puede ser ruido, y la afirmación de progresión estructural exige más de dos medidas, adquiridas con el mismo equipo y con calidad comprobada.

Una recomendación que rinde: activar el seguimiento ocular cuando el equipo lo permita y registrar el barrido en el mismo punto en las visitas sucesivas. La mejora de reproducibilidad es gratuita y se pierde si el técnico no lo aplica.

Merece apartado propio porque afecta a una proporción creciente de pacientes y porque combina todos los problemas del capítulo a la vez.

Cuatro efectos simultáneos:

  1. Magnificación. La longitud axial altera la escala real de la medida: el anillo de 3,4 mm nominal cubre un área retiniana distinta en un ojo largo, de modo que se están midiendo cosas diferentes bajo el mismo nombre.
  2. Redistribución de los haces. La papila inclinada y el conus desplazan los sectores, y el patrón normal —dos polos gruesos— se deforma.
  3. Bases normativas inadecuadas. Construidas mayoritariamente con ojos no miopes, producen falsos positivos demostrados en la miopía elevada.[12]
  4. Más artefactos. La prevalencia de artefactos en estos ojos es alta y afecta al diagnóstico.[11]

La consecuencia práctica, aplicable a diario: en el miope elevado, el código de colores del informe no es interpretable, y la valoración debe apoyarse en la comparación con el otro ojo, en el seguimiento consigo mismo y en la coherencia con el campo visual. Es el mismo criterio del capítulo 51, y aquí adquiere carácter de norma.

Es el límite físico de la técnica y explica por qué la tomografía deja de servir precisamente cuando la enfermedad está más avanzada.

Qué es. Por debajo de un grosor mínimo —en torno a 50 µm en la capa de fibras—, lo que queda no son axones sino tejido glial, vasos y membrana limitante. La medida se estabiliza en ese suelo y ya no desciende aunque siga muriendo tejido.

Sus consecuencias:

  • La progresión deja de detectarse en la atrofia avanzada. El impacto de los valores basales y del efecto suelo sobre la detección de cambio se ha analizado de forma explícita.[27]
  • La correlación estructura-función se rompe en ese extremo, hecho central en la discusión sobre la relación entre ambas.[28,29]
  • En el seguimiento del papiledema crónico, un valor bajo estable puede significar atrofia establecida y no mejoría (capítulo 52).

Qué hacer cuando se llega al suelo. Tres alternativas: pasar el seguimiento al complejo ganglionar macular, que llega al suelo más tarde; apoyarse en la función —perimetría con las adaptaciones del capítulo 41—; y explorar otras medidas, como la anchura mínima del anillo desde la apertura de la membrana de Bruch,[30] o la densidad vascular, cuya utilidad en este contexto se ha planteado sin demostrarse.[31]

La comprobación que lo integra todo: ¿encaja con la función?

Sección titulada «La comprobación que lo integra todo: ¿encaja con la función?»

Por encima de cualquier criterio técnico, existe una comprobación clínica que detecta la mayor parte de los estudios inválidos sin necesidad de mirar la segmentación: preguntarse si el resultado encaja con lo que el paciente ve.

  • Un adelgazamiento sectorial debe corresponder al defecto campimétrico del sector complementario; la correspondencia entre el daño localizado y el adelgazamiento está bien establecida.[32]
  • Un complejo ganglionar normal en un ojo con pérdida visual grave y antigua es improbable.
  • Un adelgazamiento marcado en un ojo con campo y agudeza normales obliga a sospechar artefacto, miopía o glaucoma antes que enfermedad nueva.

Cuando estructura y función no encajan, hay tres explicaciones y conviene recorrerlas en este orden: error de medida, momento evolutivo —la estructura va por detrás de la función en lo agudo y por delante en lo crónico— y, solo al final, dos procesos distintos. La revisión de la correlación estructura-función en neurooftalmología desarrolla el marco.[29]

56.6 Buenas prácticas para el seguimiento longitudinal

Sección titulada «56.6 Buenas prácticas para el seguimiento longitudinal»

El capítulo se resume en un protocolo de servicio, que es donde estas cosas se resuelven o no se resuelven.

Diez reglas:

  1. Mismo equipo y misma versión durante toda la serie; si cambian, se reinicia la base y se escribe.
  2. Mismo protocolo de adquisición, con el mismo diámetro de anillo y la misma rejilla macular.
  3. Seguimiento ocular activo, si el equipo lo tiene.[25]
  4. Registro en el mismo punto retiniano en las visitas sucesivas.
  5. Comprobación de calidad antes de guardar, con criterios explícitos.[1,4]
  6. Revisión de la segmentación en el corte, no en el mapa.[7]
  7. Dos exploraciones para la línea de base, por el mismo motivo que en perimetría.[33]
  8. Ambos ojos siempre, porque la comparación interocular es la mejor referencia disponible.
  9. Anotar los factores de confusión del paciente: longitud axial, refracción, catarata, patología macular.
  10. Informe descriptivo y comparativo, con terminología estable —el mismo principio que el consenso de terminología campimétrica establece para el campo visual.[34]

Y una regla que las engloba: el protocolo debe estar escrito en el servicio, no en la memoria de quien hace la prueba. Las revisiones sobre el uso de la técnica en neurooftalmología insisten en que su rendimiento depende tanto de la organización como del equipo.[35,36,37,38]

El papel del técnico, que decide más de lo que parece

Sección titulada «El papel del técnico, que decide más de lo que parece»

Un apartado breve y poco habitual en una obra clínica, pero necesario: la mayor parte de las decisiones de calidad las toma quien hace la prueba, no quien la interpreta. Cinco puntos que conviene acordar con el gabinete:

  1. Repetir cuando la señal es baja, sin esperar a que el clínico lo pida.
  2. No aceptar la primera adquisición si hay bandas de movimiento visibles.
  3. Registrar el barrido sobre el punto de la visita anterior cuando el equipo lo permita.
  4. Anotar las incidencias: mala colaboración, midriasis, catarata, dolor. Una nota de cinco palabras evita una interpretación errónea meses después.
  5. Avisar de los cambios de equipo o de versión, que es información clínica y no informática.

Y una consecuencia organizativa. Estas cinco cosas no dependen del criterio individual sino de que existan como norma escrita del servicio y de que el técnico tenga tiempo asignado para repetir. Es la diferencia entre una consulta que produce series interpretables y otra que acumula cifras que nadie puede comparar.

Paciente cuya capa de fibras «empeora» 15 µm en un año. Antes de hablar de progresión: ¿misma plataforma?, ¿misma versión?, ¿calidad de señal comparable?, ¿segmentación correcta en ambas?, ¿ha aparecido una catarata? Cuatro de esas cinco preguntas se contestan en un minuto.

Servicio que actualiza el programa de su tomógrafo. Conviene anticiparlo: se avisa a la consulta, se documenta la fecha y se considera que las series previas y posteriores pertenecen a líneas de base distintas.

Paciente con atrofia óptica avanzada y capa de fibras estable en 48 µm durante tres años. No significa estabilidad: significa suelo. El seguimiento debe apoyarse en la función y en el complejo ganglionar.

Exploración con complejo ganglionar «adelgazado» en un ojo con membrana epirretiniana. El adelgazamiento puede ser artefacto de segmentación por la tracción macular. Se revisa el corte antes de atribuirlo al nervio.

Paciente remitido con una tomografía de otro centro que muestra adelgazamiento llamativo. Se pide la exploración completa, no el informe, y se comprueban señal, centrado y segmentación. Si es de otra plataforma, sirve para el diagnóstico morfológico pero no como línea de base del seguimiento.

Consulta que detecta un salto simultáneo en las medidas de varios pacientes. No es una epidemia: es una actualización de programa o un cambio de equipo. Comprobarlo antes de revisar historias individuales ahorra semanas.

Paciente miope de −10 dioptrías remitido con «sospecha de neuropatía óptica» por sectores rojos en el informe. El código de colores no es aplicable a ese ojo. La valoración correcta compara con el otro ojo, revisa el patrón —¿respeta el meridiano vertical? ¿es arciforme?— y contrasta con el campo. Si todo es coherente con la miopía, se documenta como tal para que el siguiente lector no reinicie el estudio.

Los criterios de calidad se aplican poco fuera de la investigación. Existen, están validados y su efecto sobre la fiabilidad está medido,[1,4,6] pero los equipos comerciales no los incorporan como filtro obligatorio y la práctica asistencial rara vez los aplica.

Las ecuaciones de conversión entre equipos existen pero no resuelven el problema individual. Se han derivado de cohortes internacionales,[18] y su aplicación a un paciente concreto añade una incertidumbre difícil de cuantificar.

La corrección manual de la segmentación no está estandarizada. Los métodos automáticos han mejorado,[14,15] y no existe consenso sobre cuándo corregir a mano, quién debe hacerlo ni cómo documentarlo.

El efecto suelo no tiene solución conocida. Se ha caracterizado su impacto sobre la detección de progresión[27] y las alternativas propuestas —anillo mínimo, densidad vascular— no han demostrado superar la limitación.[30,31]

La variabilidad test-retest en enfermedad neurooftalmológica está poco caracterizada. Los datos disponibles proceden mayoritariamente del glaucoma,[22,23] igual que ocurría con la perimetría, y no está establecido que sean trasladables al nervio con edema o con atrofia por otra causa.

  • Una medida de mala calidad es peor que ninguna: tiene apariencia de dato.
  • Antes de creerse un cambio, hay que comprobar equipo, versión, señal y segmentación.
  • La tomografía de mala calidad devuelve el mismo informe que la buena; nada advierte.
  • Cinco comprobaciones: señal, centrado, movimiento, segmentación y patología retiniana concomitante.
  • Una exploración que no cumple criterios se repite, no se informa «con reservas».
  • Los errores de segmentación son frecuentes incluso en ojos sanos.
  • Se revisa la segmentación en el corte, no en el mapa.
  • Las medidas no son intercambiables entre equipos ni entre versiones de programa.
  • Los hallazgos morfológicos sí viajan entre centros; las cifras de seguimiento, no.
  • El seguimiento ocular activo mejora la reproducibilidad y es gratuito.
  • Por debajo del suelo, la medida deja de discriminar: se pasa al complejo ganglionar y a la función.
  • En el miope elevado, el código de colores del informe no es interpretable.
  • El protocolo de seguimiento debe estar escrito en el servicio, no en la memoria del técnico.

Una observación que cierra también la sección. Los seis capítulos de imagen estructural describen una técnica que ha cambiado la especialidad, y terminan advirtiendo de sus límites. La secuencia no es casual: es la misma que siguieron las secciones de campo visual y de neuroimagen, y responde a una convicción que atraviesa la obra. Una prueba solo es tan buena como el criterio de quien la usa, y ese criterio consiste, casi siempre, en saber tres cosas: qué mide exactamente, en qué condiciones deja de medirlo, y qué decisión clínica cambia con su resultado. Las tres se aprenden mirando cortes, comparando con la exploración y aceptando repetir cuando algo no encaja.

Un último apunte sobre lo que este capítulo comparte con el 38 y el 50. Los tres cierran su sección hablando de límites y de errores, y los tres llegan a la misma conclusión desde técnicas distintas: el campo visual, la neuroimagen y la tomografía fallan sobre todo cuando se interpretan fuera de su contexto clínico. En el campo visual, el error típico es aceptar una prueba poco fiable; en la neuroimagen, aceptar un hallazgo casual; en la tomografía, aceptar una cifra sin comprobar cómo se obtuvo. Las tres se corrigen con el mismo gesto: volver a mirar al paciente antes de creerse el resultado.

La sección de imagen estructural termina donde empezaba la de perimetría: recordando que una prueba vale lo que vale su ejecución. La tomografía de coherencia óptica es la técnica más precisa de que dispone la neurooftalmología, y precisamente por eso su mala calidad es difícil de detectar: no produce imágenes evidentemente malas, produce cifras convincentes. Cinco comprobaciones en la lectura, un protocolo escrito para el seguimiento y la conciencia de que las medidas no viajan entre equipos resuelven la mayor parte del problema. Y en la atrofia avanzada, donde la técnica llega a su suelo físico, conviene aceptar lo que ninguna mejora tecnológica va a cambiar: cuando ya no queda tejido que medir, la única variable que sigue informando es la que el paciente aporta al mirar el estímulo.

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